¿PERDON Y CUENTA NUEVA?

 

por  Jaime Barba *

 

 

Cuando Don Guillermo de Montagú y Vivero escribiera su famosa "Oda a la Patria", calificada por el brillante parlamentario Don Alonso Pujol de "Oda Olvidada", — con la cual el poeta, jurista, pianista y novelista cubano ganara un premio en los "Juegos Florales", allá por el año 1910:  temiendo que fuerzas extrañas se apoderaran  de Cuba, — jamás imaginó que a noventa millas de distancia de la nación más democrática y poderosa del mundo, otra potencia, lejana como una estrella en el firmamento, le clavara sus afiladas garras, instalándose en la tierra más hermosa que ojos humanos vieran.  ¿Qué motivó a casi todo un pueblo para que abrazara tan innoble causa, cuando estaba consciente de que sería un delincuente, al que se le administrara una mala justicia:  bonchista, cuatrero y otros adjetivos más, el que convertiría la patria de Martí en un huracán de pasiones, de odios infinitos y de ríos de sangre?  ¿Robarle a todos sus hijos el más sagrado de los derechos amados por el hombre, desde que abandonara la oscuridad de las cavernas:  la Libertad?  ¿Qué fichas endemoniadas se manejaron para desatar tanta tragedia?  ¿Qué poderes, que pudiéramos calificar de sobrenaturales, permitieron que un gañán destrozara a todo un país, antes risueño, en donde hasta la tierra, antes generosa, fuera totalmente calcinada?  ¿En dónde ese pueblo alimentó sus raíces para darle  vigencia a tantísimas ignominias, aplaudiendo a tantos desalmados?  ¿Deseos de venganza, resentimientos, envidias?  ¡No sabemos!

 

A ratos nos preguntamos, no sin grandes sobresaltos, cuáles fueron las razones para tanta tragedia lorquiana.  ¿Ha sido Dios para castigarnos, a fin de que los cubanos sepan lo que es la esclavitud o la falta de libertad o qué cosa es patria?  El poeta dijo:  "Templo de nuestra fe, nido de amores en donde se alzó mi juventud dichosa."  ¿Es que ignoraba lo que son los valores morales y espirituales?  ¿Significa que el Altísimo, que padeció y murió en la cruz, quiso dejar testimonio de que el amor está por encima de otros bienes adorados por el hombre?  ¿Ha sido, pues, a la inversa, el demonio, entonces, el que tomara en sus manos los destinos de la patria?  Pero el demonio, decimos nosotros, no goza de la jerarquía que se le atribuye.  Si Dios hubiese querido lo hubiera destruido.  No lo ha hecho.  ¿Por qué?

 

No nos explicamos de cómo una nación, que conquistara su libertad a cambio de enormes sacrificios, haya consentido, durante más de cuarenta años, el azote de esa enfermedad incurable que llamaremos por el momento:  ODIO.  Luego, nos acercamos a esta conclusión:  Sólo el pueblo, y nadie más que el pueblo, ha sido él responsable.  (Autor, personaje y tramoyista de los cuantiosos sufrimientos.)

 

Y, volviendo a los poetas.  Recordemos al español de casi un siglo:  "Los pueblos.  ¿Y qué son todos los pueblos? / Procesiones decrépitas de esclavos / que ellos mismos se cargan de cadenas / mientras que cantan libertad:  borrachos. / Turbamultas sin hoy y sin mañana / que hasta en la roja rebelión de harapos, / besan y aplauden al baldón y el crimen / si los propios tiranos / les arrojan las sobras de sus mesas / desde el alto balcón de sus palacios. / Siempre los cerdos han vivido en piaras / por canes impotentes custodiados, / y cuando ladra un can los cerdos tiemblan, / aunque en silencio gruñen cabizbajos. / Así los pueblos que en manada viven / tiemblan cobardes al crujir del látigo, / y se arrodillan, mudamente, trémulos / cuando la voz levanta algún tirano. / Son pastores los canes de las piaras, / los pastores custodian los rebaños / los tiranos custodian a los pueblos / más despreciables que las piaras:  ¿Vamos! / Se llaman hombres cuando son fantasmas, / se llaman libres cuando son esclavos."

 

Ha sido, pues, el pueblo, quien escogiera el camino de las infamias, el que alimentara los más endiablados resentimientos.  Pero seguimos preguntándonos, frente a los fantasmas de la duda y el de los desalientos:  ¿Hay eximentes o atenuantes suficientes para el perdón?  ¿Se hará justicia sin devaneos?  Son muchas las preguntas y también las respuestas.  Si se contempla el ancho panorama, el cuadro de miserias en que se ha vivido desde entonces, tanto allá como aquí en el destierro, ¿en dónde ubicaremos la Cuba del futuro?  A veces nos parece estar pasando por una terrible pesadilla, por un sueño del cual quisiéramos escapar; pero si despertásemos:  ¿Qué?  ¿Estaríamos volviendo a vivir lo soñado?  Lo que sí podemos asegurar es que en este siglo XXI las esperanzas se nos extravían en los más intrincados laberintos del "no ser."  Seamos honestos.  ¿Qué hemos hecho?  ¿Cómo nos hemos comportado lejos de la patria?  Si volvemos la mirada no veremos otra cosa que ambiciones desmedidas.  ¿Por qué?  ¿Es el cubano de ahora el mismo de antes?  ¿Es que aquí en el exilio hemos fabricado también al "hombre nuevo"?  Todo ha cambiado.  Si se nos preguntara:  "CUBA:  SIGLO XXI:  EL PERDON Y LA JUSTICIA,"  ¿Qué responder?  ¿Qué se pretende?  ¿Borrón y cuenta nueva como el maestro y su pizarrón?  No.  Claro que no.  El hombre no es otra cosa que una máquina.  Los pueblos, también.  Hay que engrasarlos pieza por pieza.  ¿Puede un padre perdonar al que le fusilara tres hijos en una sóla madrugada?  ¿Puede olvidar un hombre haber perdido su juventud en unas mazmorras?

 

Sólo lograremos una Cuba auténtica y no bastarda cuando digamos como el patriota:  "Hay que entrarle a la cosa como el carnicero a la res, con el cuchillo en la mano y la manga al codo."  Y que conste:  no somos odiadores. 
  
 

* Este trabajo de Jaime Barba, ganó el primer premio concedido por el CUBAN MUSEUM (Museo Cubano) de Miami, Florida en el 7 de noviembre del 2001 como el mejor artículo periodístico literario. 

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