XXV

 por Jaime Barba

Hay ríos tercos preñados de resabios. 
Caballos ágiles que mastican soledades. 
Arenas fatigadas 
que no rechazan el recuerdo 
de los cuerpos desnudos, 
ni luz que soporta el empuje 
brutal de las tinieblas.

 

El beso es una manzana visionaria. 
El persistente rumor del mar 
atrapa los latidos de la tierra 
que son como bocas que sonríen 
en tanto las tempestades del alma 
silencia corazones.

 

Cuando la muerte ronda 
la vida no es otra cosa que la ruta 
que siguen las caravanas del olvido.

 

Cuando el odio paraliza los nervios 
el corazón arrastra marejadas de iras.

 

Sueño que el sueño no tiene sentido; 
que la palabra se hace trizas 
cuando se escarba en las raíces del árbol 
que indaga el por qué del sereno 
silencio de los astros.

 

Borrascosamente, 
la lluvia, 
señala el camino de los presagios.

 

El llanto de los niños se va perdiendo 
cuando el viento solloza entre los pinos.

 

Como una casa vacía 
el cielo se queda sin luz 
cuando la mar se viste de harapos.